“Cuando el tiovivo paró se bajó del caballo y vino a decirme:
—Esta vez te toca a ti.
—No. Prefiero verte montar —le dije. Le di más dinero—. Toma, saca
unos cuantos tickets.
Lo cogió.
—Ya no estoy enfadada contigo —dijo.
—Lo sé. Date prisa. Va a empezar otra vez.
De pronto, sin previo aviso, me dio un beso. Extendió la mano y me dijo: —Llueve. Está empezando a chispear.
—Lo sé.
Luego hizo una cosa que me hizo mucha gracia. Me metió la mano en el
bolsillo del abrigo, sacó la gorra de caza, y me la puso.
—¿No la quieres tú? —le dije.
—Te la presto un rato.
—Bueno. Ahora date prisa. Vas a perderte esta vuelta. Te quitarán tu
caballo.
Pero no se movió.
—¿Es cierto lo que dijiste antes? ¿Que ya no vas a ninguna parte? ¿Irás a
casa desde aquí? —me preguntó.
—Sí —le dije. Y era verdad. No mentía. Pensaba ir desde allí—. Pero
date prisa. Ya empieza a moverse.
Salió corriendo, compró su ticket y subió al tiovivo justo a tiempo. Luego
dio la vuelta otra vez a toda la plataforma hasta que llegó a su caballo. Se subió a él, me saludó con la mano, y yo le devolví el saludo.” J.D.Salinger

